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PERSONA. Ser, parecer y/o existir.

Posted by on 1 julio, 2018

En 1921 el escritor Luigi Pirandello estrenó una obra de teatro en la que los protagonistas interpelan directamente al director de la obra reclamando su atención y solicitando que este les diese vida. Seis personajes en busca de autor, lleva por título. En 1966 el director de cine sueco, Ingmar Bergman, estrena una película dándole la vuelta al planteamiento de Pirandello. En Persona se narra el conflicto existencial de  Elisabet Vogler (Liv Ullmann), una actriz que un día, durante la representación de Electra, decide sumirse en el silencio. No como resultado de un trauma o de alguna enfermedad psiquiátrica sino como fruto de una posición ética meditada. La sra Vogler invadida por la náusea de interpretar incansablemente el papel de madre, esposa, actriz… que los demás esperan de ella, decide envolverse por el silencio y en el inmovilismo y así no tener que asumir más la responsabilidad de sus actos. La directora del psiquiátrico dónde Elisabet Vogler es acogida durante los siguientes días al suceso del teatro analiza el comportamiento de la paciente en un memorable monólogo: “¿Crees que no lo entiendo? El sueño imposible de ser. No de parecer, sino de ser. Consciente en cada momento, vigilante. Al mismo tiempo el abismo entre lo que eres para los otros y para ti misma. El sentimiento de vértigo y el deseo constante de no estar expuesta, analizada, diseccionada, quizá incluso aniquilada. Cada palabra una mentira, cada gesto una falsedad, cada sonrisa únicamente una mueca. ¿Suicidarse? ¡Oh, no!, eso es horrible. Tú no harías eso. Pero puedes quedarte inmóvil y en silencio. Por lo menos así no mientes. Puedes encerrarte en ti misma, aislarte. Así no tendrás que desempeñar roles ni poner muecas ni falsos gestos… piensas. Pero la realidad es tozuda, tu escondite no es hermético. La vida se cuela por todas las rendijas. Estás obligada a reaccionar. Nadie pregunta si es real o irreal, si tú eres de verdad o una ilusión. Esa pregunta sólo importa en el teatro, y casi ni siquiera allí. Te entiendo Elisabet. Entiendo que estés en silencio e inmóvil, que hayas dejado de creer en un sistema irreal. Te entiendo y te admiro. Creo que deberías mantener este  papel hasta que se agote, hasta que deje de ser interesante. Entonces podrás dejarlo, igual que, poco a poco, fuiste dejando los demás papeles.” Los personajes de Pirandello buscan existir, la actriz de la película de Ingmar Bergman intenta dejar de hacerlo.

Tras la salida del psiquiátrico, el cuidado y las atenciones a la actriz apática corren a cargo de una enfermera joven, creyente, llena de vida y de proyectos, llamada Alma (Bibi Andersson). Alma asume la tarea de devolverle el entusiasmo a la paciente nihilista, lo que supone una alegoría demasiado evidente, casi infantil, pero aun así hermosa.

Persona, en latín, significa máscara. Todos debemos, no tenemos otra opción, que elegir una máscara. Como decía Jean Paul Sartre “cada acción nos define”. Nos significamos en cada momento, nos esculpimos a cada instante, con cada decisión y opinión. Pero el problema no termina aquí. A pesar de nuestros esfuerzos (por decidirnos, por elegirnos) no podemos controlar, al menos totalmente, las máscaras que los demás nos atribuyen. De modo que la existencia se convierte en un baile de máscaras, de disfraces si lo prefieren y asumimos cierta trivialidad, donde la identidad, la verdad y el rigor adoptan una naturaleza, en el mejor de los casos, huidiza. De ahí que se comprenda mejor el mutismo autoinflingido de la señora Vogler. Lo que olvida, al menos al principio, es que como también dijo Sartre: “Cada palabra tiene consecuencias, pero cada silencio también”.

El conflicto ético y ontológico de Elisabet Vogler es el mismo que se plantea el personaje de Adolfo Bioy Casares en La invención de Morel, a saber: la disyuntiva de elegir entre la soledad y la verdad o la farsa y la autocomplaciencia. Mientras que el fugitivo de la novela del argentino decide vivir entre imágenes, sabiendolas falsas, pero al menos disimulando el peso de la soledad; en Persona, en cambio, la protagonista se desembaraza de toda farsa, disimulo o máscara a pesar del solipsismo que debe pagar a cambio.

Dicen los expertos en la filmografía y biografía de Bergman que durante la década de los cincuenta y principios de los sesenta el director sueco centró temáticamente sus películas en la búsqueda de Dios y lo trascendental. Esta etapa lo llevó a terminar hospitalizado por una crisis de estrés (no lo culpo), e inmediatamente después nació Persona. Película minimalistas en la forma, pero no en el fondo. Imposible reflexionar más y mejor en apenas 80 minutos. Hoy en día ya casi nada es tan preciso.

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