En septiembre de 2008 Nicolas Sarkozy se dirigía a los ciudadanos de su país para proclamar la imperiosa necesidad de refundar el capitalismo. Al calor de las primeras consecuencias de la crisis financiera, el presidente francés proclamaba que el laissez-faire se había terminado, así como también la infalibilidad del mercado todopoderoso. Sarkozy aseguraba que el mundo había pasado a dos dedos de la catástrofe y que era imprescindible sacar conclusiones, moralizar el capitalismo y adoptar las medidas que fueran precisas para evitar un nuevo colapso. En cambio, dos décadas después la antipolítica y las posiciones ultraliberales tienen cada vez más éxito y Sarkozy fue condenado por financiación ilegal de la campaña electoral de 2007 y 2012. Para el expresidente francés moralizar el sistema no pasaba por la posibilidad de perder el poder.
Las consecuencias de la crisis fueron dramáticas para la clase trabajadora (las crisis siempre lo son para nuestra clase). Por aquellos años nos acostumbramos a escuchar algunas frases repetidas en los medios de comunicación. Desde la tesis infame que afirmaba que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, el tópico que nos animaba a apretarnos el cinturón o la desasosegante profecía que auguraba que esta sería la primera generación, desde el fin de la guerra, que iba a vivir peor que sus padres. Lamentablemente la profecía se ha cumplido. Esta generación vive peor que sus padres; y todo parece indicar que la tendencia se confirma y las chicas y chicos más jóvenes, aquellos que eran sólo unos niños durante el crack financiero, tienen un horizonte más bien aciago. El precio de la vivienda absorbe el mayor porcentaje del sueldo, la inflación encarece la satisfacción de las necesidades más básicas y la seguridad e integridad de las y los trabajadores se ve amenazada por el aumento del belicismo anglosajón y la pauperización del estado de bienestar. Lo más terrible de la situación no es la precariedad de la vida actual, sino el convencimiento de que el futuro no será mejor. Ante la incertidumbre, y lo que es aún peor, la falta de expectativas, los sectores más jóvenes de la sociedad están abrazando posiciones cada vez más ultras.
Todas las personas nacidas después de 1980 han crecido en un mundo en permanente desmoronamiento: la desaparición de la URSS suprimió la única alternativa posible a la globalización capitalista y esta, tras el breve triunfo, colapsó en 2008 condenando a la precariedad a toda a una generación, y al pesimismo a la siguiente. No existe modelo económico viable sin la promesa de un futuro satisfactorio, un horizonte halagüeño, y el capitalismo liberal que nació tras los acuerdos de Bretton Woods ya no lo ofrece.
Tras veinte años viviendo en la precariedad y bajo la perspectiva de un futuro, si cabe, todavía más tenebroso, los discursos ultraconservadores, autoritarios y ultraliberales se van haciendo cada vez más dominantes entre amplios sectores de la sociedad. En Alemania, Holanda, Francia, Hungría, Portugal, España y en la práctica totalidad de todos los países del continente los partidos que defienden posiciones autoritarias, chauvinistas, elitistas, racistas y machistas van alcanzando posiciones de poder y progresivamente más influencia y crédito entre la sociedad civil.
Vox irrumpió en el panorama electoral español en 2019 y desde entonces la pregunta es qué debemos hacer al respecto, cómo combatir la amenaza que la extremaderecha entraña para los derechos y libertades de la clase obrera. Desde entonces, e incluso antes, se popularizaron en el espectro progresista los llamamientos a parar el fascismo, a una alianza táctica entre las fuerzas democráticas para proteger los derechos conseguidos por las trabajadoras y los trabajadores durante las últimas décadas.
El PSOE no duda en apelar a la “alerta antifascista”, como núcleo central de un discurso que le permite justificar el gobierno de coalición. A nuestro entender, se trata de una fórmula presuntamente izquierdista con la que Pedro Sánchez persigue aunar a la clase obrera y a los partidos más progresistas del parlamento bajo su influencia.
¿Pero cuál es el objetivo último de esta consigna?, ¿cuáles son los principios, derechos y libertades que el PSOE quiere resguardar ante el avance de la reacción?, ¿es acertado que antes Unidas Podemos y ahora Sumar unan sus fuerzas al PSOE en un frente común?, ¿el momento excepcional que estamos viviendo justifica que los partidos obreros unan sus fuerzas a un proyecto político actualmente liderado, de forma inevitable, por el PSOE?
A nuestro juicio el eje central en el debate interno de organizaciones, en otro tiempo revolucionarias, ha cambiado. Lo que aquí está sobre la mesa ya no es el secular dilema del movimiento obrero entre reforma o ruptura: si avanzamos hacia el socialismo mediante reformas progresivas o trabajamos para la organización de la próxima revolución; no, la disyuntiva en estos momentos es si dedicamos los esfuerzos de nuestro partido a defender el sistema antidemocrático e intrínsecamente injusto, que doblegó a nuestra clase y persiguió a nuestros camaradas en distintos momentos de estos últimos 80 años, o trabajamos para la superación del capitalismo y la construcción del socialismo.
En realidad, a nuestro juicio, el problema no es Vox, el problema no es la extremaderecha, el problema es y siempre fue el capitalismo. Las familias trabajadoras apenas llegan a fin de mes, cada vez tienen que dedicar un porcentaje mayor de su sueldo a la vivienda y el horizonte se presenta cada vez más incierto. El viento que siembra inestabilidad, incertidumbre y miseria genera la tempestad de la derecha radical. La izquierda no debe dedicar su esfuerzo en rescatar un sistema que siempre hizo florecer al fascismo. A pesar que de un tiempo a esta parte este adquiere formas más explícitas y grotescas, las posiciones ultras habitaron los gobiernos de occidente con referentes como Aznar, Berlusconi, Nixon o Bush, pero mientras en aquellos años la izquierda representaba la alternativa a un sistema intrínsecamente injusto, ahora es Vox quien levanta el asta de la bandera antisistema. Al tiempo que la extremaderecha se disfraza de subversiva, la izquierda cae en la trampa de la burguesía liberal que alienta el fantasma del fascismo con el fin de cohesionar a la clase obrera alrededor de un proyecto político que nunca fue el suyo y en la defensa de un modelo económico que demostró su incapacidad para ofrecer bienestar y seguridad a la humanidad.
Porque la realidad es que la extremaderecha siempre estuvo ahí. El gobierno de Reagan financió el terrorismo fascista en Nicaragua; el de Nixon, un golpe de estado en Chile; el terrorismo de estado fue una realidad en España durante un gobierno socialista y Aznar, con ministros ultraderechistas en varios ministerios, lideró la invasión y destrucción de un país con argumentos falsos. La batalla no está en evitar que la ultraderecha llegue al poder (siempre lo estuvo), sino en construir una alternativa obrera al capitalismo. En apenas 200 años de vida el liberalismo económico ha demostrado, obstinadamente, su incapacidad para proveer alimentos, bienestar y seguridad a la humanidad; y sólo proporcionó un cierto acomodo para una pequeña parte del planeta explotando y masacrando a la otra parte. Ahora más que nunca tenemos la certeza de que la planificación democrática de la economía es la única vía para garantizar el desarrollo de las sociedades modernas, y además contamos con el conocimiento y la tecnología precisa para una planificación eficiente y efectiva. La misión de los partidos comunistas en la fase final del orden mundial inaugurado con los acuerdos de Bretton Woods es la misma que en los últimos cien años: la cohesión de la clase obrera, la creación de poder popular y la construcción del socialismo. Es inútil remangarse en evitar que los ultras lleguen al poder, ya que siempre han estado ahí, y en comprometernos en defender un sistema que transforma a las personas en recursos humanos o que lleva 100 años persiguiendo organizadamente a las y los comunistas.
Los críticos nos dirán que se trata de un momento de excepción, que al igual que en los años treinta estamos llamados a la creación de frente populares con los sectores moderados de la burguesía para vencer a la reacción. A ellos les diremos que si hacemos memoria recordaremos que la propuesta de Dimitrov no salió del todo bien. El gran capital internacional prefirió al fascismo antes que el avance de los derechos de la clase trabajadora, y de esta manera fue como un Franco ya anciano murió “plácidamente” tras refundar una monarquía; y no olvidemos que tuvo que ser el Ejército Rojo el que aniquilara a la casi totalidad de la Wehrmacht.
Lo que estamos viviendo en estos días es un cambio de estrategia de las clases dominantes para seguir sujetando las riendas del mundo. El horizonte de la globalización liberal pretendidamente benéfica y creadora es ahora sustituido por un proyecto autoritario, pero el objetivo fue y es el mismo: subyugar a las trabajadoras y trabajadores del mundo. Es el momento de elegir en qué lado de la historia queremos estar. El auge de las posiciones ultras es el síntoma de un sistema que ya no ofrece respuestas y nosotros, las y los comunistas, debemos volver a nuestro propósito originario: diseñar y defender un proyecto emancipador para la clase obrera que supere el actual modelo liberal burgués, y no convertirnos en su salvador.