a III República es la superación dialéctica de la monarquía borbónica y de todo lo que esta implica: oligarquía económica, instituciones postfranquistas, liberalismo económico, bipartidismo y obediencia al imperialismo anglosajón»
El nihilismo es la corriente filosófica que sostiene que nada tiene sentido; que no existe la verdad, ni los fundamentos, ni los objetivos. La derivada lógica, y dañina, de dicha corriente de pensamiento es el relativismo. Si nada tiene sentido, si todo es arbitrario e innecesario: lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo se convierten en objeto de la mera opinión. Durante un tiempo esta ambigüedad, digamos, ontológica, propia de la posmodernidad, fue vista como un valor democrático. A saber, si no existen verdades absolutas y certezas inexcusables todas y todos estamos legitimados a decidir, a votar, a tomar las decisiones que nuestro parecer más personal nos indique. Pero la realidad del capitalismo tardío que la posmodernidad ha construido no es una virtuosa ágora ateniense, sino, en el mejor de los casos, una jaula de grillos.
La defensa del individuo dentro del liberalismo, lejos de ser el fundamento metodológico de la democracia, es la materialización del nihilismo contemporáneo. Ante la ausencia de criterios universales, sólo quedan las propias aspiraciones, anhelos, deseos y opiniones. Ante la ausencia de proyectos colectivos sólo nos quedan las ambiciones personales. De esta manera, el liberalismo posmoderno en general y el individualismo metodológico en particular se convierten en el fundamento, justificación o coartada (elíjase el término que se considere más oportuno) ideal para el dominio burgués. Si la moral, justicia o la verdad son relativas u opinables, el poder fáctico es el único criterio regulativo, la única realidad; y el dinero el único valor ponderable. El sentido, el significado y la realidad se convierten en elementos volubles al servicio del poder. Tómese de ejemplo términos como democracia, libertad, paz, seguridad o desarrollo… Como recuerda Humpty Dumpty en Alicia a través del espejo, “cuando yo uso una palabra quiere decir lo que yo quiero que diga… ni más ni menos”1, para concluir que lo importante, a criterio del excéntrico personaje de Lewis Carrol, no es saber qué significa tal o cual palabra, lo importante es saber quién manda aquí. Pero el individualismo es una ficción. La identidad y la personalidad se construyen en el colectivo. No solo somos quienes somos en relación con el otro, sino que además gracias a la comunidad. El individualismo no es más que la estratagema del rentista, el patrón o el especulador como coartada moral para justificar su posición y mantener el mito del hombre hecho a sí mismo.
La república (concretamente socialista) es el camino para superar la ausencia de sentido, el poder arbitrario del mercado y la ideología del individualismo que los poderosos utilizan para justificar la explotación de la clase trabajadora y las políticas privatizadoras. La república es el proyecto de las y los trabajadores en la eliminación de las últimas instituciones que nos vinculan con la Edad Media, la supresión de la irracionalidad del libre mercado y la construcción colectiva de una nueva sociedad.
El único antídoto contra la abulia y la falta de un horizonte colectivo que vertebre a la sociedad es el marxismo. Como nos mostró el materialismo dialéctico, la verdad está siempre en el futuro y la III República debe entenderse como el resultado, la síntesis, el objetivo de la lucha obrera en España. En 1873 fracasó por la ingenuidad e idealismo de las organizaciones obreras y en 1931 la naturaleza burguesa de la república fue un lastre para su supervivencia: la clase dominante prefirió aliarse con los elementos más reaccionarios del país antes de aceptar las transformaciones más populares. Ahora, en plena crisis de las democracias liberales es el momento de apostar por un proyecto superador, que incorpore los aciertos de nuestra lucha y corrija los errores de las experiencias pasadas. La III República Española es la superación dialéctica de la monarquía borbónica y de todo lo que esta implica: oligarquía económica, instituciones postfranquistas, liberalismo económico, bipartidismo y obediencia al imperialismo anglosajón. La república no es la ausencia del Borbón, es un horizonte político, un referente que sintetiza las aspiraciones de transformación social de la clase trabajadora.
Hace unos días hablaba con un amigo, en una charla, por otro lado intrascendente, sobre la importancia de los estandartes durante las batallas medievales. Mientras este se mantuviera izado, me decía, la batalla continuaba y la sola visión del mismo implicaba que la victoria era todavía posible. Estas enseñas servían como señales de identificación, puntos de referencia en la contienda y, como no, un símbolo de honor para los contendientes. Creo que esta imagen puede servir para explicar lo que la república significa para las y los comunistas españoles. La república representa lo mejor de nuestra historia. Desde hace casi dos siglos los valores republicanos sintetizaron los objetivos políticos de quienes pretendían superar la superstición, la servidumbre y la ignorancia de nuestro pueblo. Ya, entre los republicanos intransigentes, que impulsaron la primera experiencia republicana española, existía la consigna de construir un estado de abajo a arriba; la segunda experiencia, sesenta años después, se presentaba como una República Democrática de trabajadores de toda clase. Tras el golpe de Estado y durante la dictadura fascista, la república simbolizó el sacrificio de toda una generación de trabajadoras y trabajadores, entre los que se cuentan algunos de los mejores luchadores de nuestra clase. La república nos identifica como parte de una aspiración común, nos señala el camino y, como no, el orgullo de formar parte de la lucha más honorable de la historia de la humanidad.
